Después de miles de horas tocando el piano, los pianistas tienden a desarrollar una afinidad tal con su instrumento que, a menudo, les permite detectar cuándo se desafina solo unos pocos cent (la menor unidad usual que se emplea para medir intervalos musicales).

En automoción pasa algo parecido. Un mecánico competente es capaz de detectar que algo va mal, se está desgastando, o que pronto necesitará someterse a un mantenimiento, sólo con ligeras variaciones en el rendimiento de un vehículo.

De la misma manera que la mayoría de las personas no son pianistas, la mayoría tampoco son mecánicos, y estas sutilezas a menudo se pasan por alto ¿Cuántas veces ha visitado tu taller un cliente para efectuar una (a menudo costosa) reparación porque no notó que algo iba mal mucho antes de que acabara fallando?

Algunas reparaciones son evitables

La razón por la que sucede esto, y posiblemente una de las razones por las que muchos conductores tienen que afrontar reparaciones que podrían evitarse, es porque a medida que conducimos nos adaptamos a los fallos.

Y es que el desgaste normal del vehículo se acumula, pero tiende a hacerlo lentamente. Examinemos por un momento algunos componentes del vehículo que tienden a desgastarse sin que el conductor se dé cuenta de inmediato.

Ejemplo 1 – Adaptación a los frenos

Dado que los cambios a los que nos hemos referido son lentos y ocurren en el transcurso de semanas o meses, el cliente del taller no los nota y los posibles fallos pasan desapercibidos. Es el caso, por ejemplo, de las pastillas de freno. Cuando un cliente monta unas pastillas de freno nuevas, presionar el pedal del freno es suave y fácil.

Sin embargo, a medida que las pastillas de freno se desgastan, el conductor tiene que pisar el pedal un poco más fuerte. Sin embargo, esto sucede tan lentamente que normalmente no nos damos cuenta.

Así, si las pastillas se desgastan demasiado, pueden dañar tanto el sistema de frenado que tenga que sustituir o reparar otras piezas. De esta forma, el pistón de la pinza se aplastará o los discos de freno acabarán dañados, y es entonces cuando las cosas comienzan a ponerse peligrosas para el conductor y el resto de usuarios de la carretera.

Ejemplo 2 – Adaptación a la dirección asistida

Otro caso de adaptación a los fallos sucede con la dirección asistida en un vehículo que suele «apagarse» lentamente, volviéndose cada vez más difícil de mover. De este modo, el conductor deberá girar cada vez más y más fuerte o experimentar pequeños tirones mientras gira.

Pero como hemos visto, esta degradación en el rendimiento no ocurre de la noche a la mañana, por lo que muchos conductores no se dan cuenta, ya que se han ido adaptando a que la dirección sea más difícil de mover de lo que debería.

En ocasiones, la solución es tan simple como reemplazar el líquido de la dirección asistida, ya que con el tiempo acumulará contaminantes. Sin embargo, si no se controla, los sellos del sistema de dirección asistida pueden volverse quebradizos.

Por eso, el taller que busca ser el asesor de confianza de sus clientes recomienda el mantenimiento regular de la dirección asistida, pues éste es casi siempre más asequible que dejar que los problemas continúen, y desemboquen un daños mayores en los componentes.

Estos han sido sólo dos ejemplos de adaptación del conductor que pueden acabar en problemas más serios en los componentes de su vehículo. Otros ejemplos pueden incluir el rendimiento de los neumáticos o problemas con la transmisión.

Si el cliente se adapta a los fallos ¿cuál es la solución?

Dado que para el cliente del taller puede ser difícil detectar fallos en su vehículo, que se acumulan lentamente con el tiempo, la mejor solución es prevenir. Por eso, el taller tiene un papel fundamental al aconsejar un mantenimiento periódico, siguiendo las recomendaciones del fabricante del vehículo.

No en vano, la prevención es la mejor cura, incluso para los problemas que no podemos detectar de inmediato.

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